lunes, 18 de diciembre de 2017

CUANDO UN AMIGO SE VA .....

...algo se muere en el alma, cantaban los Amiguos de Gines, en la populares sevillanas de El Adiós, que emocionaron hasta al Papa Juan Pablo II en su visita a Sevilla.
El viernes se nos fue un amigo, al que ayer dimos el adiós sin cantar, pero con el sentimiento de que algo se muere en el alma. Antonio Ramirez Moreno, amigo de todos y el decano de los comerciantes del pueblo, que supo conservar la tienda que fundó su padre antes de nuestra guerra civil. Creo que la única alteración ha sido la verja que hace muy poco tiempo se ha instalado a la entrada. El sólido mostrador, las estanterías, la vitrina y el espejo, si no tienen un siglo, debe andar muy cerca.
Mi familia y la suya, vecinos y amigos, siempre tuvieron muy buenas relaciones. De Antonio Ramirez padre tengo un vago y sentido recuerdo de haber estado en sus brazos cuando me levantó de una caída. Estaba él, sentado junto a mis padres que estaban comiendo, cuando con cuatros años entré en el comedor corriendo, me resbalé, caí contra el aparador y me hice una herida en la cabeza. Una "pitera", que se llamaba en aquello tiempo, que me produjo una hemorragia. Fue Antonio el que me asistió, ante el nerviosismo de mi padre, que no podía ver la sangre  y menos en la cabeza de un hijo. Pocos meses más tarde, Antonio moría, victima de lo que ahora se denomina "fuego amigo", abatido por las fuerzas que el 15 de Agosto de 1936, liberaron este pueblo, cuando junto con mi padre salieron de la ermita de San Antonio, donde estaban prisionero, y creyeron que eran milicianos, como los que estaban disparando desde el tejado, que intentaban huir. El cruel destino hizo que una bala le alcanzara mortalmente, mientras mi padre, con mejor suerte, se libró tirándose al suelo.
Manuela, su mujer, tuvo que enfrentarse con la vida, una tienda casi vacía, un cajón lleno de vales del Frente Popular que no tenían nada de valor y cinco hijos, dos hembras y tres varones, el más joven con solo unos mese. Con solo la ayuda de la Tía Sebastiana y el cariño de los amigos, pudieron salir adelante.
Antonio, tres años mayor que yo, fue sin duda alguna mi primer amigo, esa clase de amigo, que desde la infancia juegan juntos, en la adolescencia crecen juntos, en la juventud se divierten juntos, en la madurez están algo lejanos y en la vejez vuelven a ser los amigos de la infancia. ¿Qué más puedo decir?.
Antonio era un poeta aficionado. Leía a los poetas clásicos, recordaba algunas de sus más conocidas estrofas y cuando nos tomábamos dos copas, las recitaba cambiando algunas palabra para regocijo de los amigos. Por ejemplo, parodiando a Campoamor, decía: "Las hijas de las madre que amé tanto, me besan hoy como si yo fuera Crisanto", o a Zorrilla en Don Juan Tenorio con: Llamé al cielo y no me oyó, y como sus puertas me cierra, pongo una pica en la tierra y doy vueltas alrededor", para terminar con: ¿No es verdad ángel de amor, que esta apartada orilla, están asando sardinas y hasta aquí llega el olor?. Era habitual costumbre como colofón de las "garrafonas" que organizábamos en lo que ahora es el bar El Molino. Era igual que las modernas botellonas, pero bebíamos vino del Condado en garrafas de una arroba, en latas de leche condesada con asa, que arreglaba Librado y que lo mismo servían para vino que para café. Comprábamos pan en el Motor, hoy Residencia de Ancianos y asábamos , careta, orejas, costillas o cualquier parte de un cochino y comíamos angún domingo para terminar a la hora en que ahora comienzan la botellona nuestros jóvenes. 
La vida profesional de Antonio no es necesario recordarla. La conoce todo el pueblo, quizás mejor que yo, que estuve ausente treinta y cuatro años. Si puedo decir que cada vez que mi madre iba a visitar a Manuela sentada a la camilla, mientras Antonio vigilaba el mostrador, intentaba venderle algo nuevo que hubiera llegado y mi madre le decía con cariño, que no venía a comprar sino a ver a su madre. Se cuenta, creo que puede ser verdad, que un día de lluvia entró alguien a comprase unos zapatos, pues los que llevaba tenían un agujero en la suela y le entraba el agua. Como no encontró ninguno de su número, Antonio le convenció y le vendió una bicicleta para que no se mojara los pies. ¿Verdad o mentira?. Por supuesto es posible.
Ya estará con su querida Pepa, con la que compartió toda su vida y solo me queda decirle que siempre le recordaré como un amigo de verdad. Que en paz descanse.

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