domingo, 12 de noviembre de 2017

LAS SETAS

Y usted dirá, con mucha razón, ¿que tendrán que ver las setas con la Virgen del Prado?. Se lo explico. Gracias a Ella vi por primera vez ese engendro arquitectónico, en el que el alcalde Monteseirín se gastó una plata gansa y ¡lo que te queda, morena!. No puedo creer que semejante construcción hecha de madera (Creo que traída del norte de Europa y bastante cara), vaya a resistir el calor y el frío de Sevilla, sin un tratamiento frecuente y caro para su mantenimiento. En otras palabras: que no van a durar los años de la Giralda, la Torre del Oro o el puente de Triana.
Sería curioso conocer el coste de esas construcciones que diversos personajes de nuestra historia dejaron para que les recuerden para siempre. Por ejemplo: El Monasterio de El Escorial de Felipe II, el Monumento al Corazón de Jesús del Cardenal Segura, El Valle de los Caídos de Franco y las Setas de Monnteseirín. Los dos primeros están allí enterrados porque así lo desearon. El tercero reposa allí, aunque la idea fue para albergar los restos de los caídos en la Guerra Civil, de uno y otro bando, a pesar de que el murió en una cama treinta y nueve años más tarde. El cuarto todavía vive, pero no me extrañaría que deje en su testamento instrucciones de que sus restos reposen bajo las Setas. Me gustaría conocer el coste total de los cuatro monumentos, calcular el valor de las distintas monedas de la época y compararlas con los euros de ahora. ¿Cual seria el más caro de ellos?.
A lo que iba, el viernes 3 del corriente fui a Sevilla al homenaje que la Hermandad de la Virgen del Prado dedicó a varios de los hermano más antiguos. Entre ellos mi hermano José María y su esposa Amparo. Me dejaron en un aparcamiento al lado de las Setas y pude verlas por primera vez. Me impresionaron y no pude controlar el comentario. ¡Que coño hace esto aquí!. Era todavía con luz del día y no me dio mucho tiempo para contemplarlas, porque se hacía tarde y además llovía. A la vuelta, ya de noche y con el paraguas cerrado, pude verlas iluminadas de azul (al menos no de rojo) y me confirmé en mi primera impresión.
Ayer, con motivo de la Misa y Procesión de nuestra Patrona en Sevilla, volví a pasar por el mismo sitio. Era de día y el sol ilumnaba la setas. Pasé de prisa en dirección a la iglesia del El Salvador ya cerca de las cinco y media, para encontrarme que la Misa no era hasta la seis. La Misa, oficiada por Don Eloy y coayudada por Don Jaime, con bstante asistencia de devotos y pocas molestias de los turistas. Parece que los turistas, cualquiera sea su nacionalidad o religión, muestran el debido respeto, que muchos españoles olvidan.
La Procesión, a la que no pude acompañar, porque mis rodillas de metal, no me lo permiten, con mucha afluencia de público, devoto y curioso, transcurrió con solemnidad por las calles del centro de Sevilla. Más puntual que la Macarena, que se sabe cuando sale, pero no cuando entra, a las nueve y media ya estaba en casa. Despedidas a los amigos de Sevilla, saludos a lo conocidos y a esperar a las once, hora acordada para la salida del minibus.
Aproveché, ya que salía desde junto a las Setas, para darme un paseo por el entorno, después busqué un sitio tranquilo donde tomar algo y espear al transporte, que por cualquier confusión no esperaba en el sitio acordado. Gracias a los móvile pudimos localizarlo  y después de un paseo hasta la Alfalfa, comenzó la vuelta. Para salir de la Alfafa al puente del Alamillo hay unos caminos, desconocidos para mi, y fue muy divertido escuchar las diferentes opiniones de algunos al conductor indicando las diferentes rutas a seguir. Mencioné un conocido refrán inglés, que dice: Too many cooks spoil the stew. (Demasiados cocineros estropean el guiso) .Llegamos por fin al puente y de allí a nuestro destino.
El paseo por los alrededores de la Setas me dio una lección que ya sabía. Hay que ver todo para opinar. Las Setas no me han gustado en absoluto, pero he podido comprobar que es un centro de atracción al público, tanto joven como mayor, sevillanos como visitantes, que encuentran allí un lugar de esparcimiento. Durante el día para contemplar las vistas de Sevilla desde las alturas, (otro día subiré) y durante la noche la atracción de los numerosos bares y restaurantes que allí están ubicados, de diferentes estilos y procedencias. Descansé un rato con una ginebra Larios con tónica en un bar que me llamó la atención por su nombre: "Malavida, Tapas y Vino". El que come tapas y bebe vino, en mi opinión, no lleva mala vida. Me dio tiempo a contemplar parejas de mayores cogidos del brazo paseando despacio y muchos jóvenes, en grupos o en parejas que curiosamente leían los menús del bar y comentaban antes de decidir su entrada. Me convencí de que aquel feo armatoste de madera, era un centro de atracción que había creado un centro comercial de mayoría hostelera y un buen número de empleos, mayoritariamente de jóvenes. No hay mal que por bien  no venga.