martes, 18 de agosto de 2015

HACE 65 AÑOS

Acabo de leer en ABC la noticia del cierre, por la policía local de Málaga, de dos casetas de la feria. Una la de la UGT por encontrar a menores consumiendo alcohol y la otra, una llamada Zona Roja, por la misma razón además de encontrar que había personas fumando cannabis. Bonito espectáculo de un sindicato de izquierda y una organización o grupo de amigos, que por su nombre puede ser también de izquierdas, aunque la zona roja también se llamaba al barrio de las putas. Hasta los ingleses llaman a esas zonas de la ciudades: " The red district", o sea que el color rojo no tiene muy buena fama.
Esta noche culmina nuestras Fiestas en honor a San Antonio de Paula, con la subasta de artículos donados, el apurado de Sangría y la rifa del tradicional cerdo. El cerdo de San Antonio, como se conoce, sin que sea una ofensa al Santo Patrón que le da nombre al Barrio. No se si habrá que apurar mucha sangría, porque desde anoche a las diez, hasta esta mañana a las ocho, se habrán consumido algunos litros del agradable caldo. ¿Cuantos?. No es posible calcularlo, porque además de la sangría que se llevaba en tinajas, que se han ido sustituyendo por grandes cubos de plástico, hay que contar las bolsas que, cada año más, llegan al recinto ferial portando botellas de cerveza, ginebra, wiskey, ron, coca cola y bolsitas de hielo. Puede que esté equivocado y a medida que estos elementos clásicos de "Botellona" aumentan, el consumo de sangría disminuye y sobra más para apurar hoy.
Los tiempos cambian que es una barbaridad, se suele decir, Y es una verdad como un templo. Hace 65 años, yo tenía suficiente edad para poder beber y fumar. Había cumplido los 18 años, aunque no creo que entonces hubiera leyes al respecto, La ley de beber o fumar las ponían los padres a su propio criterio. El mio nos enseñaba a beber desde ante de esa edad, practicando con un vasito de tinto con la comida del domingo y un chupito de anis La Serrana con lo dulces de Navidad. El fumar era otra cosa, lo típico era que el padre ofreciera el primer cigarrillo al hijo cuando este entraba en quinta, aunque algunos más severos esperaban a que volviera del servicio militar (hecho un hombre) para fumar juntos.
La fiesta duraba dos días y coincidía con el último fin de semana del mes de Agosto. El sábado comenzaba con la diana y el encierro de los novillos o becerros que por profesionales o aficionados se iban a lidiar por la tarde. Después de la corrida se bajaba al Barrio para llevar al Santo en procesión hasta la Parroquia y luego había algo de música en el Paseo, generalmente hasta las doce de la noche. El domingo se celebraba la Función Principal, con la iglesia llena de fieles, y a continuación se llevaba al Santo en procesión a su Ermita con tiempo suficiente para irse a casa a comer y preparar la sangría para por la tarde. 
Esta comenzaba a las seis de la tarde con la "elevación de globos y fantoches", la Cucaña y la Sangría que se degustaba alrededor de una mesa camilla que servía de base para el lebrillo y los vasos, ya que entonces no había comidas. Se terminaba con tiempo de comer en casa y volver para la procesión a las diez de la noche. Algunos no comíamos y esperábamos en la calle larga la procesión para retirar la mesa y las sillas de enea que habíamos traído desde casa. Después de la procesión la Banda que dirigía el Maestro Librado, tocaba algunos pasodobles hasta las doce o la una, que terminaban las fiestas con una función de fuegos artificiales. 
Algunos que no teníamos que trabajar el lunes, organizábamos la sesión de serenatas a las chicas amigas. Aquilino con su guitarra o su acordeón nos acompañaba al coro de terrible cantores cuyo único afán era cantar más fuerte para que su admirada chica pudiera escuchar su  voz. Aprovechábamos toda la noche para poder terminar a las ocho de la mañana en el Bar Carmona con el fin de tomar un café o una copa de aguardiente Marte Santo y despedir a los que volvían a Sevilla después de pasar la fiestas con sus familias que estaban de veraneo en nuestro pueblo. Ya he contado hace unos días, como el alcalde nos ponía una multa de diez pesetas a cada uno, si algún vecino se quejaba de que no le hubiéramos dejado dormir.
Si algún joven lee esto y no lo cree, que le pregunte a sus abuelos para que se lo confirmen, con la seguridad de que le contarán algún detalle más que a mi se me haya pasado. ¿Cambian los tiempos o no cambian?